miércoles, 4 de junio de 2008

Presentación perdurable memoria


perdurable memoria, javier zúñiga, expurgos ediciones, Puebla, México, 2008


"Los relatos de Javier Zúñiga penetran el eterno laberinto que la ciudad resulta ser para la gente que no suele utilizar mapas; laberinto formado por personajes que bien pueden ser el autor o bien pueden ser el espejo que, negro sobre blanco, hacemos del libro los lectores; laberinto de muros pequeños, angostos, casi insignificantes pero que, si son tocados, inyectan el peor de los venenos posibles. No puedes menos que sentirte atrapado en la mirada del escritor que busca en lo cotidiano, lo oscuro y temible de la realidad. Sus historias son puntadas de una sutura que dejará cicatriz, pequeños golpes de aguja que lastiman los tejidos de los que se hacen las sombras y los motivos para soñar o mentir que cada uno de nosotros lleva metidos en algún lugar del pecho"
Brahim Zamora

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jueves, 8 de mayo de 2008

La Hiena de Puszta, Leopold Von Sacher Masoch


La Hiena de Puszta, Leopold Von Sacher Masoch, Editorial Laertes, Barcelona, España, 1982.

Quizá el más violento y el más explícito de los libros de este prolífico autor. Amante de las heroínas de duro carácter y costumbres violentas, en esta novela retrata la crueldad a niveles que alcanzan el crimen. La protagonista, lejana al planteaminto sumiso del personaje de la venus de las pieles, se regodea en hacer sufrir más que en recibir los maltratos. Con evidente tendencia a la provocación del dolor en el otro, es sin duda, un clásico de la literatura erótica del siglo XIX. Practicamente imposible de encontrar es hoy una rareza que la editorial Laertes tuvo a bien dar a conocer en lengua castellana. Texto imprescindible para los fieles lectores de este autor.


"El año transcurrido había bastado a Sarolta para invertir por completo la situación inicial. No sólo se había convertido en la parte más sobresaliente del espectáculo Cibaldi, sino también en la verdadera reina del circo, a quienes todos rendían pleitesía. Y ella, en su papel de ama, abusaba de esa situación sin la menor muestra de debilidad. Incluso la directora, la biliosa Arabella estaba a sus pies.

Como todos los caracteres autoritarios, la amazona abusaba de su poder voluntaria y cruelmente, porque ese era su objetivo: vengarse de todo el mundo y no dejar pasar ni una sola ocasión en que pudiera hacerlo.

Cuando decimos que Arabella Cibaldi estaba a sus pies no estamos utilizando una metáfora, puesto que era así literalmente. Ella era la encargada, cada noche, después de la representación, de ir a su camerino a sacarle las botas. En agradecimiento y como pago por tal servicio, recibía la mayoría de las veces una serie de bofetadas combinadas con latigazos cuando no era un puntapié que la arrojaba al suelo.

Sarolta no se separaba nunca de su látigo. De este modo reafirmaba su podería y satisfacía su crueldad. La fusta era su cetro y con él reinaba en el circo Cibaldi. Todos la habían probado. Mucho o poco. Porque todos, bien fuesen artistas o empleados, el caso es que se habían convertido en sus esclavos y no existía diferencia en el trato que recibían de ella. Se empujaban unos a otros para poder abrirle la puerta del establo o ayudarle a bajar del caballo. Cada uno intentaba adivinar sus menores deseos y trataba de contentar a aquella criatura magnífica.

¡Y pobre del que se rebelaba, intentaba zafarse del castigo o tan sólo mostraba su impaciencia! La amazona, tal como hemos referido, disponía de la total confianza del director y siempre le daba la razón en cualquier caso que pudiera presentarse.

En esas condiciones, los que habrían deseado mostrarse reacios, no tenían más remedio que contentarse y poner buena cara porque sobre ellos pesaba la amenaza de ser despedidos. Y la fama de los Cibaldi era tan enorme entre la gente de circo que ninguno de sus rivales se atrevería a contratar a un artista que hubiera sido despedido del mismo.

De modo que el guante de terciopelo de Cibaldi y la mano de hierro de la Sarolta aseguraban una total impunidad y ésta podía hacer reinar (y, desde luego, no se privaba de hacerlo) su implacable ley sobre aquel hato de infelices inferiores.

Una de las víctimas favoritas de la dominadora, era M. Jacques, el pequeño payaso. No le había perdonado nunca la tiranía que había tratado de imponerle en sus primeros pasos en el circo. No olvidaba que aquel ser repugnante no le había ahorrado nunca, cuando era totalmente incapaz de poder defenderse, ni una sola afrenta o humillación. Y ahora que era la más fuerte, no dudaba en tomarse la venganza.

M. Jacques era demasiado débil para resistir a semejante mujer. El carácter malvado y ácido que exhibía de continuo no era más que una defensa de su enorme cobardía. Sarolta se encargó, pues, de humillarlo convenientemente. Con el fin de que supiera hasta qué punto llegaba su desprecio le utilizó como camarero y criado para todo. Incluso le tendía el pie enfundado en la bota enlodada y le exigía:

“¡Lámelas! ¡Limpíalas!”.
Y cuando este se inclinaba, insistía en tono cortante:

“Así no. Ponte de cuatro patas; como un perro”.

Este obedecía y con la lengua se aplicaba en la limpieza de las botas hasta que conseguía arrancarles brillo.

Otras veces, llevando más lejos aún su humillación, le obligaba a desnudarse. La primera vez que le dio semejante orden, el payaso cumplió el mandato conservando tan sólo la prenda interior. Ella se acercó altiva y tras tocar la prenda con la punta de la fusta le ordenó:

“¡Sácate esa bayeta! Lo que puedes enseñar no corre el peligro de asustarme o hacerme enrojecer”.

Obedeció éste, como obedecía a todas sus órdenes. Y esa servidumbre era como un lenitivo sobre la herida abierta que Sarolta llevaba en el corazón y en el vientre.

Una vez desnudo y visiblemente avergonzado por encontrarse así, tuvo aún que soportar la mirada fija y ostentosa de Sarolta deteniéndose despaciosamente en las nalgas semejantes a manzanas pochas, en los muslos escurridos y llenos de pelos y en el pene, tan escuálido que parecía querer pasar desapercibido.

Sarolta rió cruelmente al verle así y seguidamente le ordenó:

“Prepárame el baño; después me ayudarás a desvestirme”.

Con una semisonrisa despreciativa en los labios iluminados de un carmín que nada debía al maquillaje esperó a que éste cumpliera los preparativos. Como en toda verdadera dominadora, la sensualidad era inseparable de su dureza y de su actitud hacia el ser inferior que torturaba, tratando de llevarlo al límite de su excitación, pero sin dejar que ésta cediera al alivio del goce. Al menos el de su miserable compañero de escena. Porque por lo que se refiere al suyo, hacía ya tiempo que la amazona había descubierto el poder de sus propios dedos y todo el partido que podía sacar de los movimientos adecuados efectuados diestramente entre sus muslos.

Los dedos de M. Jacques, por el contrario, se hacían torpes al enfrentarse al cierre y abotonaduras del vestido de la amazona. Por fin, pudo retirarlo y cayó la prenda al suelo. Pero contrariamente a lo que un espectador que no estuviera al corriente podría imaginar, no fue la mujer la que experimentó embarazo por la situación de encontrarse en un desorden encantador, ofreciendo sus encantos a la codicia del macho, sino éste, por completo humillado y a merced de aquella mujer semidesnuda que le arrojaba su desprecio y a la que no se atrevería a tocar sin haber sido autorizado a ello. Además, el payaso era tan poco viril que en realidad aquella situación apenas representaba peligro para una criatura como Sarolta.

No le ocultó ninguna parte de su cuerpo y le obligó a retirar cuantas prendas fue preciso hasta que estuvo totalmente desnuda.

Actuando con toda soltura, la mujer entró en el baño con gracia que igualaba a la de Venus y siempre, claro es, bajo la mirada desorbitada del esclavo que apenas daba crédito al ver a una criatura tan escultural. No, no era Venus; era Juno, con una figura firme y poderosa.

“¡Acércate! Le ordenó, irritada por la insistencia de aquella mirada legañosa que se deslizaba por su silueta como la baba de una babosa… acércate y coge la esponja. Enjabóname. ¡Haz algo útil, por lo menos!”.

Naturalmente hizo lo que se le ordenaba. Pero con mucha torpeza y negligencia, no atreviéndose a a frotar con energía por temor a irritar aquella piel tan frágil, por temor a irritar a su ama y que se le impidiera continuar gozando de semejante privilegio… aunque éste sirviera para humillarle y demostrar que era menos que nada en el aprecio de la amazona.

Cuando hubo terminado con la parte superior del cuerpo ella se puso de pie en la bañera y ofreció las partes más secretas a las investigaciones y actuaciones del payaso.

“¡Venga! ¡Sigue! Se exasperó cuando la mano se detuvo indecisa y llena de jabón sobre el monte de Venus, abombado y suave como el plumaje de una paloma. ¿O es que las chicas que frecuentas ignoran los cuidados y limpieza que merece el instrumento del amor y que éste debe encontrarse siempre en estado impecable?”.

Con el fin de facilitarle la labor o, quizás, para acabar más rápido, se abrió de piernas colocando una de ellas en el borde de la bañera. De este modo pudo él continuar su labor, frotar con ardor la hendidura, apartar los pétalos que la ocultaban y hundir dos dedos en el canal, estrecho todavía, para que no sólo lo que estaba a la vista sino también el interior quedara totalmente limpio.

Muy segura de sí misma, con gran dominio de sus reacciones y haciendo con ello un nuevo desprecio al enjabonador, su cuerpo no demostró la menor reacción, siquiera un estremecimiento. Aquella mano que violaba su intimidad y que insistía una y otra vez en su clítoris no la excitaba porque era la de un esclavo, menos que un perro para ella y hubiera preferido matarse antes que ceder a un placer que sólo reconocía en el interior de su organismo.

Cuando hubo terminado, para demostrarse su gloriosa insensibilidad, y a modo de agradecimiento le escupió a la cara tratándole de zafio y desmañado.

Para ella fue un placer y una victoria ver como la saliva corría a lo largo de la nariz de su víctima, alcanzaba el labio superior y… como M. Jacques, con los ojos brillantes, la lamía.

Leopold Von Sacher-Masoch, a partir de la traducción de Nicolás Ferrante para Editorial Laertes en su edición de 1982."

lunes, 7 de abril de 2008

Diderot y Catalina II: escenas de la Corte de Rusia. Léopold Sacher-Masoch


Diderot y Catalina II: escenas de la Corte de Rusia. Léopold Sacher-Masoch. Ed. Anagrama, Col. Compactos anagrama. Barcelona, España. 1971 (Biblioteca Luis Bota Sarmiento)

Se cuenta que, a pesar de la pobreza, Diderot era un hombre liberal y pródigo. No sabía negarse el placer de comprar libros, coleccionar grabados, adquirir miniaturas... No es de extrañarse, por tanto, que con tales gustos o pasatiempos, nuestro personaje fuera incapaz de reunir fortuna alguna.

En 1775 determinó vender su valiosa biblioteca con el fin de dotar a su hija, o al menos de asignarle o dejarle algo seguro, después de su muerte. Algo realmente digno de alabarse, si tomamos e consideración que los libros eran todo para él.

Sin encontrar comprador en su patria, Diderot decide ofrecérselos por 15,000 francos a la emperatriz Catalina de Rusia. Admirada la zarina por tan bello gesto del filósofo, de vender aquello que más quería para poder dar algo a su hija, decide comprar la biblioteca a Diderot.

Había una condición. Esa era de que el propio Diderot quedara como depositario de la misma hasta su muerte, con una pensión anual de mil francos. La pensión, por cosas muy sutiles de Catalina, Diderot no la recibe durante dos años. Más tarde, ella le entregaría 50 mil francos!

Diderot se dirige a Rusia, saliendo de París el 21 de mayo de 1773, pero no llega a San Petersburgo sino hasta el 21 de mayo de 1773, pues se queda un tiempo en La Haya, debido a una enfermedad que le sobreviniera y le obligara a retenerse.

En Rusia, Diderot es recibido por Catalina y su corte. Se vuelven grandes amigos, al menos grandes conversadores. El frío y otras cosas lo obligan a volver a Francia. A su regreso, se queda un tiempo en La Haya, en Holanda, donde pasa algunos meses y recoge numerosas observaciones sobre las finanzas, el comercio y la administración de este país. En base a lo anterior publica un libro llamado Viaje a Holanda.

También escribe sus impresiones acerca de Rusia, extractos de conversaciones que sostuviera con Catalina la Grande. Anotaciones, una a una, que fueron formando un grueso volumen de más de cuatrocientas páginas escritas, libro que permaneciera en L'Ermitage de Leningrado hasta el año de 1883. (Ignoro dónde se encuentre ahora).

Con base en este viaje Leopold Sacher Masoch escribe un divertido relato donde las escenas de amor, celos e intriga se suceden de manera vertiginosa. Sin dejar de lado la fuerza monumental de la mujer encarnada en la persona de Catalina y la pasividad amorosa y dominada de Diderot. Característica de toda la narrativa de Sacher Masoch. En este texto podemos encontrar una de las mejores satiras del poder, sus alcances y sin razones cuando se combina con la pasión.

"Diderot estaba sumido en estas reflexiones e inquietudes cuando la Zarina hizo su entrada. Estaba radiante de belleza, vestida de blanco de pies a cabeza, con un largo traje de seda del Atlas, larga cola y volantes de encaje blanco, un abanico blanco en la mano, diamantes alrededor del cuello y espolvoreados los bucles del cabello con blanco de nieve. Un solo provocativo detalle rompía la sinfonía en blanco. Al darse cuenta Diderot tuvo un estremecimiento y se sintió aterrorizado hasta lo más hondo de su alma."

miércoles, 2 de abril de 2008

El amor de Platón, Leopold von Sacher Masoch


El amor de Platón, Leopold von Sacher Masoch, el cuenco de plata, Buenos Aires, Argentina, 2004.

Mundialmente conocido por la novela La Venus de las pieles, Sacher Masoch es más célebre aún por la nomenclatura a una conducta sexual: el masoquismo; bautizada así en la Psicopatía Sexualis (1886), de Kraft-Ebing, quien se vale de la recurrente caractrística de el predominio de la voluntad de la mujer y la sumisión masculina, que abarca gran parte de la narrativa de este escritor, utilizando el apellido de éste para nombrar esta patología. Leopold Von Sacher-Masoch nació en el seno de una familia aristocrática en 1836 en Lviv, Lwow (nombre polaco) o Lemberg (nombre alemán), la cual perteneció a la provincia de Galitzia, dentro de las fronteras del Imperio Austrohúngaro -desde 1992 es territorio de la República de Ucrania, tras haber sido territorio polaco después de la Primera Guerra Mundial y de la URSS al término de la Segunda Guerra Mundial-, donde su padre era jefe de policía, un alto cargo en la administración del Imperio. Entre sus ascendientes se encuentran españoles. Estudió Derecho, Historia y Matemáticas en la ciudad austríaca de Graz. Tras doctorarse trabajó como profesor de Historia en su ciudad natal, para, posteriormente, dedicarse al periodismo y la literatura. Sus contemporáneos valoraron en él de forma especial sus excelentes ensayos sobre minorías étnicas austro-húngaras y su Galitzia natal. Es de destacar su simpatía por los judíos, lo que le valdría el agradecimiento de esta comunidad. Gozó del reconocimiento de contemporáneos de la talla de Zola, Ibsen y Victor Hugo.

Su serie de novelas El Legado de Caín estaba dedicada en un principio a tratar todos los grandes temas de la vida contemporánea: el amor, la propiedad, el Estado, la guerra, el trabajo y la muerte. Sacher-Masoch sólo pudo completar las series sobre el amor y la propiedad. La Venus de las Pieles (1870) era la quinta de una serie de obras sobre el amor -sólo pudo completar las del amor y la propiedad, del resto no quedan más que esbozos- y se convirtió al mismo tiempo en un escándalo y en un éxito en Francia por sus descripciones del tipo de apetencias y deseos que han inmortalizado el apellido de este autor: hacerse atar, azotar y humillar por una mujer corpulenta vestida con pieles, firmar un contrato como esclavo e incluso la incorporación de un tercer amante.

En sus novelas retrató a seres que gustaban de este tipo de prácticas sexuales. Sacher-Masoch era seguidor y partícipe, siendo de su agrado tanto el papel de víctima como dejarse cazar, típico de este comportamiento. Murió en 1885 de un ataque al corazón en la ciudad de Lindheim, en Hessen, y sus últimas palabras fueron "aimez moi"

El amor de Platón, pertenece al Legado de Caín y es una lúcida interpretación del Banquete de Platón, redactado en forma epistolar, el personaje, una suerte de alter ego, le va contando día a día a su madre los pormenores del proceso amoroso en su vida, motivo que le da oportunidad de reflexionar acerca de la calidad, origen y finalidad del amor, mismo que será ponderado, al igual que el filósofo griego, en su faceta espiritual, no ha de existir amor carnar que supere en belleza y sinceridad que el amor espiritual. Novela de dominios y engaños y con francos párrafos homosexuales, logra mostrar la doble cara del deseo: la carne y el espíritu.

"Primero me asusté, pero Anatol me miró con sus grandes ojos tan venerados y mi impresión se desvaneció...

Tomé sus manos y me las llevé a los labios y de nuevo me acongojó el mismo miedo en toda su crudeza. Sin embargo, esta vez me dio escalofríos con sólo pensar que podía echar a perder esa felicidad, y entonces dejé caer sus manos apresuradamente, cuando en rigor hubiera deseado seguir besándolas.

Me siento como transfigurado. No sé que será de mí.

En resumidas cuentas, he comenzado por amar a un hombre y voy a terminar adorando a una mujer."

miércoles, 26 de marzo de 2008

Dafnis y Cloe, Longo


Dafnis y Cloe, Longo. Premia Editora, Puebla, México, Col. Los brazos de lucas, 1983

La prosa en la literatura de la antigua Grecia fue un género utilizado más que todo en obras filosóficas, verbigracia la tenemos en los ya mencionados Diálogos platónicos. Empero la literatura (haciendo referencia al género narrativo en sí) también tuvo allí su acogida. Tenemos novelas que han sobrevivido hasta hoy como Efesíacas de Jenofonte de Éfeso; Babilónicas de Jámblico; Leucipa y Clitofonte de Aquiles Tacio y posiblemente Las Etiópicas o Teágenes y Cariclea de Heliodoro de Emesa. En este grupo encontramos la novela Dafnis y Cloe cuyo verdadero nombre en griego translitera así: Poimenika ta Kata Daphnin Kai Klohen (Los amores pastoriles de Dafnis y Cloe) escrita por el griego Longo. El autor nació en la isla de Lesbos el año 150 d.C., se dedicó principalmente a la sofística y su obra más importante fue Dafnis y Cloe. Murió en 230 d.C.. Su obra ha sido traducida en diversos idiomas,
entre ellos el castellano del cual existe una traducción realizada por Juan Valera y Alcalá Galiano(1824−1905).

Es importante después de aclarar algunos pormenores con referente al origen de la obra tocar fondo un poco con su argumento. El autor se encarga de hacernos una pequeña introducción al comienzo. Nos explica la inspiración que lo mueve a escribir la obra, una pintura en una cueva de Ninfas. Indaga el origen de ésta y de allí resultan los cuatro libros que componen la novela. Hace pasar al principio el hecho que va a relatar como verídico, aunque a ciencia cierta no se sabe si lo es o no, algo parecido a lo que hace Cervantes en el Quijote cuando evoca a aquel personaje de Cide Hamete Benengeli como el historiador que compuso su obra. Es un recurso estilístico bastante usual en la literatura griega porque en los Diálogos Platón exhibe sus teorías filosóficas como sucesos verídicos en los cuales intervienen Sócrates y otros personajes la mayoría reales, pero que no se descifra si estas conversaciones realmente se dieron o si son sólo ficción o artificio del autor para hacer una historia más amena.

Dafnis es encontrado por el pastor o cabrero Lamon. Sus padres lo habían abandonado al nacer, empero le habían dotado de ricas joyas y monedas para que le criase
cualquiera que le encontrara. Una cabra del rebaño de Lamon, compadeciéndose del pobre bebé que yacía solo en la cueva de las Ninfas le amamantó cual si fuera su propia madre y así el infante logró sobrevivir hasta que sorpresivamente fue hallado. Contrario a lo que se podría esperar, Lamon y su mujer Mirtale recibieron con no poco regocijo el hallazgo del niño, no porque viniera tan ricamente adornado sino porque no tenían hijos y decidieron adoptarle como hijo suyo escondiendo las alhajas por si en alguna ocasión Dafnis las llegase a necesitar. Cloe es dos años menor que Dafnis y su destino, que a la larga se uniría y vendría a ser uno solo con el de su amado, tuvo muchas coincidencias con el de él como haber sido igualmente abandonada por sus padres en la cueva de las Ninfas con muchas joyas. Allí el narrador quiere dar a saber de una vez como la vida de estos dos personajes va a estar siempre ligada, no sólo por su nacimiento sino también por su oficio pues Dafnis se hace cabrero y Cloe pastora, oficios que estuvieron muy de boga en la antigua Grecia porque las cabras y las ovejas eran criadas de forma artesanal para la producción de leche y lana respectivamente. A partir de ese momento, compartiendo los días y las tardes con su oficio, va naciendo entre ambos un genuino sentimiento amoroso, pero con tal inocencia que todo se vuelve un constante descubrimiento y aprendizaje: los besos, las caricias, los celos, la primera noche juntos, la lejanía, la ausencia, etc. Una novela de conocimiento propio y ajeno, el enamorado viendo al otro, viéndose en el otro, viéndose a sí mismo.

"No hay remedio, ni filtro, ni hechizo, ni canto, ni palabras que curen el mal de amor, como no sean los besos y abrazos y acostarse juntos y desnudos".

martes, 25 de marzo de 2008

Memorias secretas de una cantante alemana, Wilhelmine Schroeder-Devrient


Memorias de una cantante alemana. Wilhelmine Shroeder-Devrient, Editorial Castilla S.A., Madrid, España, Col. Raros y Exquisitos, 1921

Memorias de una cantante alemana. Wilhelmine Shroeder-Devrient. Atribuida a la famosa cantante Wilhelmine Schroeder-Devrient, muy admirada en su época, la obra fue publicada por primera vez en Altona en 1862 y hasta el día de hoy sigue siendo la más apreciada de la literatura erótica germana. Las memorias, narradas en forma de cartas a un prestigioso médico en tono confesional, meditan sobre las relaciones sexuales, sus represiones, sus conflictos y reflexiona sobre las distintas costumbres sexuales de los países que recorre. Atribuidas por primera vez a la cantante por Pixanus Fraxi, a quien del mismo modo, es decir, con pocos elementos también se le adjudicaron unas memorias que son un clasico ya del erotismo: Mi Vida Secreta. Aunque el poeta francés Guillaume Apollinaire en el prólogo que redacta para la edición francesa en el año de 1913, duda de la autoría de la señora Shroeder-Devrient, reconoce que la vida escandalosa y hasta un tanto licenciosa bien podrían ser un reflejo de estas memorias. Originalmente publicadas en dos tomos con ocho o diez años de diferencia, entre cada aparición, las posteriores ediciones ya incluyen las dos partes en un solo volumen. La imagen de arriba pertenece a una edición de sólo 500 ejemplares exclusivos para miembros pertecientes a una suscripción a la editorial. Obra imprescindible para acercarse a la literatura erótica alemana que incluye obras tan famosas como: Sor Monika de E.T.A. Hoffmann o Memorias de Josefina de Felix Salten.

"No habrían pasado quince minutos, cuando percibí por la habitación próxima como un ligero ruido de pasos que se acercaban. Instintivamente cerré los ojos y fingí dormir. En aquel instante abrióse sigilosa la puerta de la alcoba y un andar cauto y débil se deslizó ya dentro de la habitación. Temblé. Siempre a oscuras, escuché los inconfundibles movimientos de un hombre que se desnuda: el ligero choque de los zapatos contra el suelo, el despojamiento de los pantalones, de la americana; el ruido de monedas en el chaleco suelto... Y de pronto las ropas del lecho que se mueven y el italiano -no podía ser otro- que se acuesta al lado de Rodolfina."

miércoles, 19 de marzo de 2008

Los demonios de la lengua, Alberto Ruy Sánchez


Los demonios de la lengua, Alberto Ruy Sánchez, SEP-CREA, Col. Los cuadernos de la orquesta, México 1987. 1a. Edición.

"Dice el autor, y con su relato lo demuestra, que "En la noche sin nombres, sin respuestas, sin orillas, en la noche muda de nuestros cuerpos aguardan impacientes los demonios de la lengua".

Un libro sobre la duda y el deseo. Podría subtitularse: Las trampas son de la razón, no de la fe. Son tres historias en tres siglos, con tres personajes que se cruzan por su fe y su deseo a lo largo del tiempo, de manuscritos encontrados y pasiones que afloran en diversas circunstancias. La razón ayudando como levadura a levantar la harina de la fe más que de la duda.Uno de los personajes es un inquisidor y místico jesuita que muere estrangulado por su propia lengua. Está inspirado en los diarios del Padre Surin.Estuvo probablemente poseído por Los demonios de la lengua, como su diario lo atestigua. Extasis místicos y sexuales se empalman en su mente y en su cuerpo. El segundo, un dominico, orden tradicionalmente enemiga de los jesuitas, encuentra y traduce el manuscrito del primero. Su propia historia se inspira en un personaje histórico que siendo Inquisidor criticó a la Inquisición y ayudó a que ésta se cerrara: Juan Antonio Llorente. El tercero es un estudioso, inspirado en Don Marcelino Menéndez y Pelayo, que odiaba al segundo por considerarlo poco cristiano, pero mientras escribe un conocido ataque furibundo contra ese Heterodoxo de otro siglo que es su enemigo imaginario, el sueño le trae sus propios deseos convulsivos: una andaluza que lo ha perturbado toda la vida hasta hacer de él lo contrario de lo que por escrito defiende. Ensayo que se vuelve fabulación rigurosa, de lógica implacable; y al mismo tiempo trenza de cuentos que penetra en la historia de las creencias y del deseo de creer. La duda es el centro magnético de este relato, novela heterodoxa donde Historia y Ficción, Bien y Mal, Carne y Espíritu aparecen unidos en un mismo parpadeo."
Fragmento extraído de http://www.albertoruysanchez.com/

"De pronto distinguió tras la espalda del ángel un blanco cuello de cisne estirándose al viento, mientras el ángel se balanceaba como si tuviera otro cuello dentro. El jesuita, sorprendido, todavía sin descifrar claramente lo que estaba viendo, comenzó a tomar de nuevo conciencia de su cuerpo y se encontró con que tenía en la mano su propio cuello de cisne erecto, y angustiado estrangulaba su vuelo.

En la agitación que siguió dentro y fuera de sí mismo, al monje le vino por un instante la sensación de que ahí, tirado en el suelo, apuñalaba a un cisne que quería violarlo. Luego, él mismo era el cisne que violaba al ángel, y finalmente él había sido el ángel mientras desechos de nube vieja le habían caído en las manos."